EL INFIERNO

La primavera se despertó en las calles de Galaroza con las alegres canciones de la Quinta de 1984. Y ese pequeño detalle hizo inmensamente feliz a mi madre, al escuchar desde su casa cantar a los muchachos del pueblo: “Tenemos un quinto rubiales en la Quinta 84, tenemos un quinto rubiales, que es hijo de Beatriz y vive en Los Cenagales” ,  “Que Quinta más formidable la Quinta del 84, que Quinta más formidable, pues en ella se quintea Eli el de Los Cenagales”. Aquellos fueron unos días fabulosos que no olvidaré nunca, repletos de compañerismo y libertad. Aunque las preocupaciones no tardaron en aflorar, pues cuando llegó el momento de tallar a los dieciocho quintos en el ayuntamiento, yo me declaré objetor de conciencia. No eran buenos tiempos para ser diferente y casi nadie supo entender entonces mi radical decisión. Muy pocos comprendieron mi rechazo frontal a la mili y mi alergia total hacia el ejército.

Así las cosas, la vida continuó su curso con aparente normalidad, hasta que llegó de improviso aquel maldito domingo 27 de mayo.

Yo estaba estudiando en la planta de arriba, junto a la suave luz del balcón, cuando un ruido tremendo en la planta baja interrumpió mi concentración. Fue entonces cuando escuché con total claridad el inicio del caos y aquel horrible lamento cargado de ansiedad. Inmediatamente abandoné los libros y bajé las empinadas escaleras saltándolas de dos en dos.

Al llegar al salón vi a mi madre completamente indefensa, atrapada en su sillón bajo el cuerpo perturbado de mi padre. Sus labores de costura estaban tiradas sobre las baldosas rojas del suelo, pisoteadas por mis hermanas que luchaban desesperadamente contra el agresor, intentando liberarla.

Jamás podré olvidar el impacto de aquella imagen, donde las mujeres más queridas e importantes de mi vida, eran brutalmente atacadas por aquel animal.

No recuerdo exactamente lo que me sucedió. Pero de pronto sentí el instinto de defenderlas, sentí la necesidad de salvarlas y alejarlas del peligro. La rabia cegó mi alma, el odio estranguló mi corazón y me lancé contra él con todas mis fuerzas, sin miedo, sin respeto, sin remordimiento, sin culpabilidad, dispuesto a aplastarlo con mis propias manos como a un gusano vulgar.

Puños manchados de sangre, gritos salpicados de sangre, cabellos arrancados con sangre, maldiciones disparadas con sangre, desgarros con huellas de sangre. Profundas e incurables heridas, abiertas de par en par con hilos de sangre y dolor, mucho dolor.

Humillado. Finalmente se rindió. Y yo le di las gracias al cielo. Pues si sus garras no nos hubieran soltado definitivamente, no sé hasta dónde me hubiese empujado mi irracional repulsión.

Tras un instante de tensa calma, cuando creíamos que ya había terminado todo, se revolvió como una fiera acorralada y nos amenazó con matarnos a todos con su escopeta de caza.

Huimos en coche hasta el cuartel de la guardia civil de Jabugo, para denunciarlo. Pero allí nadie nos escuchó de verdad, nadie nos ayudó, nadie nos protegió. En aquella época la indiferencia, la ignorancia y el machismo nos aconsejaron que no denunciásemos al maltratador, que volviéramos a casa junto a él y que solucionásemos los problemas de puertas adentro, a ser posible en silencio, sin escándalos y con discreción.

Todo por la patria se leía en un letrero bajo la bandera española.

Todo para los hombres pensé yo. Pero nada, absolutamente nada para las mujeres maltratadas, ni tampoco para sus hijos.

Cero era la justicia que se repartía por entonces en los hogares españoles de aquella España atrasada. Una España estancada en el pasado, que todavía estaba muy lejos de empezar a contabilizar las mujeres muertas por violencia machista. Invisibles para la sociedad.

 

Eliecer.

 

Fotografía: “El infierno”. Valle de la novia 47.

Modelo: Bartolina González Domínguez.

Localización: Calle Gloria 40. Galaroza. Huelva.